Las smart cities, fuentes casi inagotables de datos

Cuando hace unos años se empezó a hablar de las smart cities, las ‘ciudades inteligentes’, la cuestión parecía casi un elemento futurista. Semejaba una visión digna de una película de ciencia ficción de cómo serían las ciudades del mañana y de cómo empezaban a serlo ya. El futuro de las urbes se veía como un espacio no solo lleno de tecnología, sino también permanentemente conectado.

En ellas, los semáforos regularían el tráfico según las necesidades que los propios coches les irían chivando que iban a tener, las luces del alumbrado público consumirían menos electricidad y se ajustarían a los movimientos de la población y los sistemas de emergencia aprenderían de su actividad y de sus tiempos de respuesta para predecir patrones y posicionarse mucho mejor para responder a potenciales nuevos problemas.

Estos eran solo unos pocos ejemplos de lo que los expertos y los analistas adelantaban que definiría – y señalaban que ya estaba empezando a hacerlo – a la ciudad del futuro.

En aquel primer momento, algunas ciudades pioneras estaban empezando a implementar estas soluciones. Ahora, unos cuantos años después, el número de localidades de todo tamaño que se han unido a la idea de lo smart es mucho mayor y no para de crecer cada día y en todo el mundo.

Hacia donde van las smart cities

El mercado de productos y servicios para smart cities moverá, según estimaciones que recoge Deloitte en un análisis, 1,5 billones (españoles, trillones anglosajones) de dólares en 2020.

Cada vez no solo habrá más elementos conectados, sino que además estos se emplearán para cada vez más cuestiones y más usos. Igualmente, los analistas tienen claro que este peso cada vez más creciente de las diferentes herramientas que conectan a las localidades y a sus ciudadanos modificarán formas de consumo, estilos de vida y hábitos cotidianos.

El papel de las ciudades en la vida de los habitantes de la Tierra será cada vez más destacado, lo que hace que lo que en ellas ocurre sea cada vez más crucial. Una estimación de Naciones Unidas predecía que, en 2050, el 66% de la población mundial vivirá en una ciudad. Las ciudades se convertirán, así, en el elemento que consuma el 70% de los recursos globales.

Por tanto, las ciudades conectadas e inteligentes no solo un elemento interesante desde el punto de vista de la tecnología, sino que son también una cuestión crucial para gestionar un futuro en el que el peso de las aglomeraciones urbanas será cada vez mayor.

Las ciudades, fuentes de datos

La ciudad conectada ayudará a sus gestores a tomar muchas mejores decisiones y a adelantarse a los posibles problemas. Lo logrará, además, gracias a su propia naturaleza. La smart city está en todo momento generando información y es por tanto un generador constante de datos.

En la era del big data, los datos son la cuestión crucial que ayuda a ser mucho más eficiente, mucho más efectivo y mucho más sólido de cara al futuro. A las empresas, el uso de las herramientas de big data les está permitiendo ya solucionar problemas en la cadena de gestión, adelantarse a las necesidades de los consumidores, detectar pautas insospechadas de consumo o solventar potenciales puntos de fricción en el mercado.

Para los responsables de las ciudades, la información les permitirá tomar muchas mejores decisiones en el gobierno municipal. Además, la información que generan las ciudades son datos públicos, lo que ha abierto una nueva potencial línea de actuación. El open data ayuda a mejorar el bien común, pero también se ha convertido en una herramienta que puede ser aprovechada a nivel empresarial.

Los datos que generan las ciudades son ingentes y se han convertido en un elemento con un futuro todavía más prometedor. A medida que se van añadiendo más servicios y más funcionalidades a la ciudad conectada, se logra encontrar mucho más uso para la información que esta genera, al tiempo que comienzan a aparecer nuevos y variados datos.

La información ya se usa para reducir atascos y gestionar el tráfico, para estudiar la contaminación y encontrar soluciones, para reducir problemas sociales o para comprender los elementos que afectan a la salud de los ciudadanos.

Son solo unos pocos ejemplos, a los que por supuesto también se suman todas las cuestiones relacionadas con el consumo energético. Los datos que generan las ciudades ayudan a comprender cómo estas consumen energía y a tomar decisiones que permitan mantener un óptimo servicio consumiendo menos recursos.